El dictador Jorge Rafael Videla murió el 17 de mayo y fue enterrado el 29 en Pilar. Dos semanas después, una de sus hijas volvía a reivindicarlo en silencio, como lo había hecho tantas veces, con un homenaje que hiela la sangre: conduciendo su Ford Falcon color verde, el mismo modelo de auto con el que se secuestró a miles de personas bajo el gobierno de facto que inició su padre, y que se convirtió en uno de los símbolos del terrorismo de Estado en la Argentina. 


María Cristina Videla, de 64 años, la hija mayor del militar, usó hasta hace muy poco en la ciudad capital de San Luis, donde está radicada, un Falcon Ghia 83 color verde, similar a los modelos algo más viejos utilizados por la dictadura. Lleva el dominio XGQ 884, y figura a nombre de su esposo, Francisco Adaro, empresario ganadero y veterinario de la zona. Por lo menos, lo ha manejado en su vida cotidiana desde mediados de 2000. 


En los últimos días, mientras se terminaba esta nota, la hija de Videla empezó a moverse en un auto cero kilómetro, un Chevrolet Sonic, patente MSS 699. Pero no se desprendió del Falcon, según consta en el registro automotor número dos de San Luis. 


Todo el mundo en la capital puntana sabe que el Falcon verde es de ella, y muchos lo reconocen cuando está estacionado en el centro o frente a su domicilio. En público, Cristina no habla del pasado ni de temas vinculados con la política. Pero según sus conocidos, lo usa como una reivindicación de la gestión de su padre, que murió preso en cárcel común, cumpliendo condena por violaciones a los derechos humanos. PERFIL se comunicó con ella, que se rehusó a hablar del tema (ver aparte). 


Aun mientras avanzaron los juicios a los represores y se repitieron las sentencias contra su padre o sus subordinados, ella se mostró siempre en ese vehículo, que luce chocado y con problemas de pintura, tiene tapizado de pana gastado y muy poco mantenimiento. 


Cristina elige usar el Falcon verde a pesar de que su familia cuenta con otros vehículos más nuevos, y de que tiene un buen pasar económico. Desde principios de los 80, es copropietaria del Instituto Causay, el colegio más caro de la ciudad, donde van los hijos de la clase acomodada puntana, que pueden pagar más de $ 1.000 de cuota, muy por encima del promedio del lugar. “Causay” es una voz quechua que significa “vida”. 


El Ford Falcon aparece en buena parte de los testimonios recogidos en el informe Nunca más, elaborado como prueba antes del juicio a las juntas en los 80, cuando se describen los secuestros y traslados a centros clandestinos de detención. Hace un año se supo que la Justicia secuestró decenas de estos autos que estaban arrumbados en la Armada y que hoy son parte de una investigación más amplia sobre crímenes de lesa humanidad, abierta en Bahía Blanca. Allí se explica que el Falcon fue elegido para los secuestros y traslados porque, entre otras cosas, entraban más cuerpos en los asientos y dos en el baúl. 


¿Por qué durante tantos años puede pasar inadvertida tamaña reivindicación de delitos de lesa humanidad? “Vos tenés que entender que acá, primero, los militares no están tan mal vistos como en Buenos Aires”, explica María Inés Quattropani, secretaria general de la Asociación de Docentes Estatales de San Luis. 


Pero además, San Luis es el territorio más Videla-friendly de la Argentina. Según cuentan María Seoane y Vicente Muleiro en la biografía El dictador, Jorge Rafael Videla proviene de una antigua familia castrense de la provincia. En los años 90, tras los indultos de la presidencia de Carlos Menem, Videla solía visitar a su hija y a sus nietos, y hasta recibió una especie de agasajo en El Trapiche, un campo en las afueras, adonde la propia Cristina iba en el Falcon. 


“Es una mujer bárbara en el trato personal”, expresó una persona que la ha visto a diario dejar estacionado su Falcon verde en el playón del colegio. “Alguno que otro puede decir qué barbaridad, pero nada más, porque San Luis es chico, y si querés tener trabajo, no te podés pelear mucho”, contó una persona que mandó sus hijos allí y pide el anonimato. 
En 1981, su amiga Silvia Rodríguez pensó en poner un colegio, y Cristina Videla se ofreció como socia capitalista. Más tarde, Rodríguez llegaría a ser ministra de Educación provincial y hoy es la directora general del Causay. La hija del dictador coordina los talleres extracurriculares, como natación o ajedrez, y también los torneos intercolegiales. 


Tiene un despacho pequeño, al que va unas tres veces por semana, y trabaja bajo la mirada de un mural de San Martín. No concurre a los actos de la escuela, que cumple como corresponde con el del Día de la Memoria cada 24 de marzo, cuando se rememora el golpe de Estado que protagonizó su padre. Ella sólo se muestra al cierre del año lectivo, cuando ocupa un lugar en primera fila.